Por Pablo Santomauro
Continuación de
“Entendiendo la Cruz y la Resurrección”
6. Inmortalidad humana
El potencial de una vida terrenal sin fin, en el caso de Jesucristo, no necesariamente se desprende de su naturaleza divina o deidad, sino que habiendo nacido de una virgen fue exento o evitó la cadena de mortalidad que todos heredamos por medio de la simiente del hombre, y por lo tanto poseyó el potencial de una vida sin fin. Estamos hablando exclusivamente de vida física.
Adán podía morir, y murió, pero no necesitaba morir de no haber pecado. El Señor Jesucristo, como el segundo Adán, podía morir, pero no necesitaba morir. Cuando El escogió morir, abrazó la muerte por nosotros a pesar de ser inmortal, a pesar de que pudo haber vivido por siempre. No habiéndose encontrado pecado en él, su persona y carácter fueron encontrados totalmente del agrado del Padre, y por consiguiente no hubo pena de muerte sobre él, ni la necesidad de morir aplicaba a su persona. La inferencia es que tanto en el caso de Adán, antes de la caída, y el de Cristo, durante toda su vida, como dijo San Agustín, para ambos era non imposse mori sed posse non mori – “no fue imposible morir, pero fue posible no morir”.
7. El significado de “sacrificio vicario”
El punto que venimos elaborando es crucial para entender el sacrificio sustitucional o vicario llevado a cabo por Jesucristo. Desde el punto de vista humano, Jesús fue idéntico a Adán en su estado original. Por ello entendemos que Adán fue una criatura inmortal con un espíritu perfecto, y derivamos esta conclusión contemplando la persona de Jesucristo. Si Adán no fue físicamente y espiritualmente (con un espíritu humano) perfecto, entonces el sacrificio de Cristo no fue sustitucionario y los títulos “Hijo del Hombre” y “postrer Adán” pierden todo sentido.
Deseo resaltar un punto doctrinal, y es el siguiente: El sacrificio de Cristo fue sustitucional en el sentido que el que murió en la cruz, fue un hombre semejante a Adán en el aspecto humano, y este sacrificio es aplicable a nosotros en Adán.
Este es el significado correcto de lo que conocemos como sacrificio vicario. Es esta semejanza o relación entre Adán y Cristo, la que hace posible el sacrificio vicario. Cristo, siendo potencialmente inmortal, escogió morir.
Si Jesucristo hubiera sido mortal en la misma forma que lo somos nosotros, y de no haber muerto en la cruz hubiera vivido hasta los 70,80, o 90 años de edad, su muerte no hubiera sido sustitucional y no hubiera redundado en ningún beneficio para nosotros.
Para que no haya confusiones, dejo en claro que no estamos diciendo que Cristo era un Supermán, sino que en su humillación tomó un cuerpo que sin duda tenía limitaciones. Estas fueron manifestadas en diferentes formas, como el caer rendido de cansancio en una barca sacudida por las olas de una tormenta (es como quedarse dormido en un carro de montaña rusa en movimiento), detenerse junto a un pozo para refugiarse del calor del día, llorar frente a la tumba de un amigo, sufrir de sed en la cruz, y otras. Fueron estas vulnerabilidades comunes a todo hombre, las que hicieron posible su crucifixión (2 Co. 13:4).
Es obvio que el que murió en la cruz fue un hombre, humano cien por ciento, exactamente una fiel representación de la humanidad de Adán, o sea el “Hombre” como Dios lo creó. Una naturaleza pecaminosa no es necesaria para definir el concepto de hombre desde el punto de vista de Dios.
Han habido solamente dos “hombres verdaderos” en toda la historia. El resto de los hombres, todos nosotros, hemos sido y somos una caricatura lamentable de lo que Dios realmente considera “humanidad”.
8. El Hombre fue más que un Hombre
El principio de la ley “ojo por ojo y diente por diente” no hubiera sido cumplido en la cruz, al no haber existido “hombre por hombre” en la transacción. De acuerdo con el principio de “uno por uno”, un hombre puede sacrificarse por uno, pero no por dos, ni por diez, ni por cien, o por mil. Este Hombre en la cruz fue algo más que un Hombre. Este Hombre fue también Dios.
Alguien puede objetar que entonces Cristo fue algo diferente a un hombre. La respuesta es simple: si a un triágulo le agregamos un círculo, sigue siendo triángulo. El hecho de ser algo más que hombre no lo convierte en algo menos que hombre, o diferente a un hombre. En Jesucristo, Dios fue hecho hombre, no idéntico al hombre tal cual es ahora, sino hecho en semejanza de carne de pecado (Ro. 8:3). En otras palabras, fue “hecho carne” (Jn. 1:14) en referencia a “carne” humana en el presente, pero sólo en semejanza.
Ahora bien, volviendo a que Cristo fue también Dios, es esta verdad escritural la que hace posible que su sacrificio halla sido suficiente, si así fuera necesario, por los pecados de todo el mundo (1 Jn. 2:2). La frase “para que todo aquel que en él cree”, impone sobre el Redentor demandas o requisitos que ningún mero hombre puede llenar a los efectos de salvar a “todo aquel que en él cree”. Es en este aspecto de la naturaleza de Cristo donde los sistemas que niegan su deidad se desmoronan.
9. El Dios-Hombre, Jesucristo, la única opción
Todo el que no es Dios es un ser creado, la Biblia es definitiva en cuanto a ello. La implicación lógica es que si Jesucristo no es Dios, evidentemente es un ser creado. Un ser creado no puede pagar por los pecados del mundo. Dos puntos para probar esto:
1) Para poder salvar a una criatura violadora de la ley y destinada al infierno, la persona designada para la tarea debe no sólo conformar su vida totalmente a la ley, sino también debe ser de la misma naturaleza ontológica que la persona que desea rescatar (Lv. 25:25; Rt. 4:4-6). Aun más, el redentor debe ser de la misma línea de sangre (linaje) que la persona por la cual da el rescate. En el caso del Mesías, éste debería ser de la estirpe o simiente de Adán y Eva (Lc. 3:31; Gn. 3:15) — y también debería ser un hombre absolutamente puro y santo.
Sumado a lo anterior, el redentor debe ser algo más que un hombre. Debe ser algo muy superior a los seres angelicales, aún al ángel de más rango, para poder pagar por la depravación de los pecadores y renovarlos a una santidad posicional y práctica.
Esto es evidente cuando consideramos lo siguiente: La criatura más exaltada sigue siendo una criatura. Como criatura está obligada por la ley o dar perfecta obediencia a su Creador, y por lo tanto no puede hacerlo en lugar de otro.
Su perfecta obediencia no puede ser adjudicada o imputada a otro, mucho menos a millones y millones de otros. Puesto de otra forma, si cumpliera la ley de Dios perfectamente, se haría merecedor a la recompensa de la ley, ganaría una justicia para su propia cuenta, pero esa justicia no podría ser imputada a otro, mucho menos a millones de otros.
Recordemos que la obra que el Redentor tenía que hacer era pagar la deuda incalculable de los que habrían de ser salvos. hacer expiación por sus pecados (un número millonario), reconciliarlos con Dios, hacerlos aceptos para la herencia de los santos en luz — todo esto está mucho más allá de lo que una mera criatura puede acompasar, no importa cuán alto rango posea.
2) Otro punto importante en la redención de los pecadores es que los pecadores deberían ser restaurados, por lo menos, al mismo estado y dignidad que poseían antes de la caída. Restaurarlos a un estado de menor honra y bendición no es compatible con la sabiduría de Dios. Teniendo en cuenta esto, consideremos lo siguiente:
En su estado primitivo, el hombre sólo estuvo sujeto a su Creador, nadie más. A pesar de que el hombre fue creado poco menor que los ángeles, no le debía obediencia ninguna a éstos. Los ángeles eran como el hombre, siervos de Dios. Obviamente, si el pecador fuera salvo por una mera criatura, no podría ser restaurado a su primer estado y dignidad, porque en tal caso el pecador le debería obediencia y servicio a la criatura que lo redimió – se convertiría en la propiedad de quien lo redimió.
Esto no solo traería total confusión a la situación, sino que además dejaría al pecador peor de lo que estaba antes de la caída, porque ya no estaría en la posición donde él debe absoluta sujeción y honor a Dios solamente, sino que su lealtad y servicio estarían divididos en dos, Dios y la criatura. Esto viola el mandamiento: “Al Señor tu Dios adorarás, y él solo servirás”.
El conflicto sólo puede ser resuelto cuando aceptamos que Jesús es Dios, de la misma forma que el Padre es Dios, y la honra para ambos es una sola e indivisible – “para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre” (Jn. 5:23).
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Entendiendo la Cruz y la Resurrección Parte 1
Entendiendo la Cruz y la Resurrección Parte 2
- Este Escrito ha sido Publicado en este blog con el Permiso del apologista Pablo Santomauro*